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Irene Ríos Silva (Licenciada en Biología) y Rocío Bautista Moreno, PhD

Una botella, un cepillo, una bolsa, utensilios de cocina, elementos decorativos, prendas de vestir, vehículos; todos estos útiles de nuestra vida cotidiana tienen algo en común, su principal base es un polímero artificial, procedente generalmente del petróleo, conocido como plástico. Algunos ejemplos de estos polímeros artificiales son las poliamidas, el polipropileno, el poliestireno, el polietileno, el tetrafluoroetileno o las siliconas, entre otros.

El uso cotidiano de estos plásticos se remonta a la revolución industrial donde su desarrollo hizo posible el abaratamiento en los costes de producción de algunos bienes, es decir, se hacía más accesible a la población el disponer de ciertos avances técnicos. Por lo tanto, no fue una necesidad, como así se ha dado en otros grandes avances técnicos o científicos, sino que fue una forma de socializar el desarrollo, aumentando en gran medida el consumo.

En este sentido, es fácil imaginar el enorme crecimiento de la producción mundial de plásticos hoy en día, sobre todo los de un solo uso. En el 2019, y según la asociación Plastics Europe (https://plasticseurope.org/), la producción de plásticos a nivel mundial alcanzó los 368 millones de toneladas, muy lejos de los 1,5 millones de toneladas que se producían en el año 1950. Si analizamos los datos concretos por países cabe destacar a China, país del mundo que más plásticos de un solo uso produce, un 31 % del total, seguida por el eje Canada-EE.UU-México, con el 19 % de la producción mundial [1]. Sin embargo, si estos datos los traducimos a kilogramos de residuos de plásticos de un solo uso por habitante, observamos que los país con mayor generación de residuos son: Australia y EE.UU, ascendiendo respectivamente a 59 kg y 53 kg por habitante, frente a los 18 kg de China. En Europa, los países que más residuos plásticos de un solo uso generan son UK con 44 kg/habitante, seguido de Francia, con 36 kg/habitante, o España, con 34 kg/habitante. Es decir, los grandes productores no son siempre los grandes consumidores [2].

Es evidente que tal cantidad de residuos plásticos está generando un grave problema medioambiental al tratarse de un material muy resistente a la degradación natural. Por ejemplo, se estima que el polipropileno, un polímero de plástico muy habitual en los tapones de botellas o en los envases de postres, tarda en degradarse de forma natural entre 100 y 300 años. El tiempo de degradación de otros plásticos llega a ser aún mayor, como los 1.000 años del polietileno de las botellas o el policloruro de vinilo (PVC) de las cañerías de agua. Otro plástico muy habitual, las bolsas, pueden necesitar más de 450 años para degradarse de forma natural. Estos datos de tiempos de degradación, unidos a los datos de producción y consumo masivo es uno de los grandes problemas medioambientales a los que se enfrenta la humanidad. Y estos residuos no siempre se reciclan de forma correcta, en muchas ocasiones simplemente los trasladamos a otros países, como si no verlos fuese la solución. De este comportamiento surgen imágenes de playas o riveras de ríos plagadas de una manta enorme de residuos plásticos que nos debería avergonzar.

Pero este no es el único problema, los plásticos no solo forman parte de los materiales más voluminosos, sino que también están incorporados en otros útiles de nuestra vida cotidiana en partículas más pequeñas, son los denominados microplásticos. Estos son tan habituales en nuestro planeta que se han detectado microplásticos hasta en el aire. Un estudio realizado sobre los Pirineos franceses detectó una tasa de deposición diaria de microplásticos de 365 partículas por metro cuadrado analizado [3]. Evidentemente, estos microplásticos tienen un tiempo de degradación natural comparable a la de otros plásticos, su composición es la misma, pero éstos no los podemos trasladar a otros países, se quedan en nuestro entorno. Estos largos tiempos de descomposición junto a la ubicua presencia de microplásticos en todos los ecosistemas está provocando un problema adicional, su incorporación a la cadena trófica alimentaria animal. A día de hoy aún no se conoce la repercusión sobre la biodiversidad de estas acumulaciones de microplásticos pero ya existen estudios que apuntan a eventos adversos provocados por la ingesta de estos elementos por muchos animales. Pero estas acumulaciones de plásticos voluminosos o microplásticos están también alterando las poblaciones de microorganismos en distintos ecosistemas terrestres. Recientemente se ha publicado un trabajo donde se muestra que la alta presencia de microplásticos, en algunos vertederos de Kenia, está sirviendo para la prolifereración de hongos y bacterias patógenas, con el consiguiente peligro para la salud pública que esto supone [4].

Esto nos debe hacer reflexionar sobre el mundo que estamos dejando o queremos dejar a nuestras hijas e hijos. Una buena rutina de reciclaje, una eliminación del consumo de elementos envasados, una reducción de vienes innecesarios y, sobre todo, un cambio cultural del uso y de la protección de los recursos naturales se hacen imprescindibles si queremos preservar nuestro medio tal y como lo conocemos. Todo está en nuestras manos.

Referencias:

[1] Fuente original: https://es.statista.com/grafico/21899/distribucion-de-la-produccion-mundial-de-plastico-por-region-en-2018/

[2] Fuente original: https://es.statista.com/grafico/25010/paises-con-la-mayor-cantidad-de-residuos-plasticos-de-un-solo-uso-generados/

[3] Fuente original: https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/plastico-hasta-aire-que-respiras_14331

[4] Gkoutselis, G., Rohrbach, S., Harjes, J. et al. Microplastics accumulate fungal pathogens in terrestrial ecosystems. Sci Rep 11, 13214 (2021). https://doi.org/10.1038/s41598-021-92405-7