¿De qué están hechas las vacunas?, por Silvana T. Tapia

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Mi pequeña contribución del día.

¿De qué están hechas las vacunas?

Por Silvana T. Tapia. Dra. Microbiología.

Mucha es la (des) información que corre estos días acerca de las vacunas. Esas que salvan cada día a millones de personas de enfermedades graves e incurables, se tiñen de mala fama fruto del desconocimiento y afán por crear conspiraciones y miedos en aquellas personas que, por falta de interés o conocimiento, no se paran a contrastar la información. Información está disponible para cualquiera que quiera consultar, y saber acerca del tema, en páginas oficiales de todos los países. Basta con echar una ojeada a páginas como vaccines.gov, del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EEUU, la Organización Mundial de la Salud, o el Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría, para entender tanto el funcionamiento como la composición de las mismas. Pero, ¿cuál es la composición (o los “ingredientes”) que lleva una vacuna? No se puede generalizar. Hay cientos de vacunas diferentes hechas “a medida” para cada patógeno, ya que no todas las “mezclas” resultan igual de efectivas. Por eso cada vez que hay que diseñar una vacuna frente a un patógeno el protocolo parte de 0, aunque siempre con las bases y la información del conocimiento que ya se tiene sobre las mismas.
El componente principal de las vacunas es el *antígeno*, o para que nos entendamos, la molécula, partícula, virus o bacteria atenuada (o fragmento del mismo/a), que es capaz de generar una respuesta inmunitaria sin causar la enfermedad. Es decir, es la “fotografía”, o “cachito” del patógeno que le mostramos a nuestro sistema inmunitario para que, en caso de contactar en un futuro con él, lo reconozca y actúe frente a él, protegiéndonos y eliminándolo de nuestro organismo. Es como si a nosotros nos muestran la fotografía de un criminal peligroso para estar en alerta, y en el caso de que nos lo crucemos por la calle, lo reconoceremos y daremos la voz de alarma a la policía. Nuestro cuerpo actúa de forma parecida.
Sin embargo, las vacunas no solo llevan eso. Para que la respuesta inmunitaria se lleve con el mayor éxito posible y sea duradera, necesitamos de otros componentes. por ejemplo, los coadyuvantes. No están en todas las vacunas, pero en algunas es necesario para que el sistema inmunitario provoque una respuesta de forma eficiente y nos proteja bien. Si tenemos algo que provoca una respuesta mayor, también nos ayudará a reducir la cantidad de antígeno que tiene que llevar la vacuna. Es decir, que tenemos más por menos. Qué moléculas suelen ser los *coadyuvantes*, pues puede ser el aluminio pero se usa en unas concentraciones ínfimas, mucho menor que la que podemos ingerir a través de los alimentos como el té, vegetales o las especias (ya que el aluminio es uno de los elementos más abundantes, y por tanto, lo podemos encontrar en muchos alimentos), así como por ejemplo, tenemos el hidróxido de aluminio que contienen los antiácidos para el estómago, pero por supuesto, aparte que gran parte es excretado por el organismo, nadie se plantea su toxicidad si no se ingiere en cantidades muy elevadas. Además, tras años de evaluación de su seguridad (se lleva incorporando desde hace más de 70 años) no se ha encontrado ningún efecto adverso en las concentraciones a las que se incorpora en una vacuna. Hay otros coadyuvantes, pero parece que no tienen tan mala fama infundada como el aluminio. Podéis consultarlos en páginas como la del Instituto Balmis de Vacunas (http://ibvacunas.com/2013/09/30/859/). Tanto los antígenos (la “foto”) como el coadyuvante (el potenciador de la respuesta) sirven para generar inmunidad. Luego hay otros compuestos que van encaminados a mantener la estabilidad y garantizar la conservación de la vacuna y sus propiedades. Entre ellos, tenemos los conservantes y los estabilizantes (es el mismo caso que ocurre con la producción de cualquier alimento). Los conservantes protegen a la vacuna de contaminaciones por hongos y bacterias. Aunque hay vacunas que vienen en monodosis, otras contienen cantidad para varias inoculaciones (viales multiusos). El contenido tiene que estar protegido frente a contaminaciones accidentales mientras el frasco permanece abierto. Entre estos compuestos está el timerosal, que es un compuesto que contiene etilmercurio. ¡Mercurio! otro compuesto polémico, que no todas las vacunas lo llevan (las vacunas vivas con el patógeno vivo o atenuado no pueden llevarlo, puesto que lo inactivaría, como en el caso de la vacuna antipoliomielítica oral; la vacuna contra la fiebre amarilla, y las vacunas contra el sarampión, la parotiditis y la rubéola). Pero en otras, como las vacunas contra la difteria, el tétanos, tos ferina, la hepatitis B, la rabia, la gripe, frente a Haemophilus influenzae de tipo b y meningococos, sus concentraciones están entre 8 y 50 µg por dosis (es decir, entre 0.000008 y 0.0005 gramos!! que si dividimos esa cantidad entre el peso de un individuo…). Aún así, si queda la más mínima duda acerca de su seguridad, el Comité Consultivo Mundial sobre Seguridad de las Vacunas (GACVS), el Instituto de Medicina y la Academia de Pediatría de los EE.UU, el Comité de Seguridad de los Medicamentos del Reino Unido y la Agencia Europea de Medicamentos) han estudiado la seguridad del timerosal en las vacunas durante más de una década, llegando a la misma conclusión: No hay ningún hecho que indique que su uso no sea seguro.
Si queréis más información acerca del timerosal, podéis visitar la página de la OMS (https://www.who.int/…/…/thiomersal_questions_and_answers/es/). Igualmente, ¿no hay otros compuestos? Según la OMS, hay dos aprobados: 2-fenoxietanol y el fenol, pero no hay estudios de que estos compuestos puedan sustituir al timerosal en las vacunas que ya lo llevan y de sustituirse, habría que comenzar las evaluaciones clínicas, seguridad y eficacia desde cero, y financiación para poner a punto algo que ya sabemos que funciona y es seguro.
*Estabilizadores*. porque hay que garantizar que la vacuna no pierda efectividad ni durante su elaboración, transporte o almacenaje de la vacuna. Entre ellos están el azúcar o la gelatina.
Otros compuestos que se usan durante la fabricación de la vacuna pero que se eliminan al finalizar y, además, se comprueba que no queden restos de los mismos o que estén en cantidades absolutamente inocuas. Son los *estabilizantes*. Algunos ayudan a la producción del antígeno (es decir, fomentan el crecimiento del microorganismo o a producir la proteína que nos va a servir de antígeno), como puede ser el huevo. Luego, al microorganismo que está produciendo la sustancia que nos interesa (o él mismo) hay que eliminarlo o debilitarlo, para ello se usa habitualmente formaldehido, pero las concentraciones finales son inferiores al formaldehido que puedes ingerir comiéndote una manzana o, 600 veces menor que la necesaria para inducir toxicidad en animales de experimentación (ver referencia 1). Y los antibióticos para evitar que crezcan otros microorganismos durante su fabricación, porque tan importante es que contenga lo que necesitamos como evitar que lleve otras cosas perjudiciales.
Otro componente principal de las vacunas, y que no está en los prospectos es: el tiempo. El tiempo y la dedicación de miles de investigadores durante el periodo de investigación, desarrollo, elaboración y producción de una vacuna. El proceso es lento, lleno de traspiés y vueltas a empezar. Muchas veces hay que volver a la casilla de “salida” pero se hará las veces que hagan falta para conseguir un producto seguro y protector frente a la enfermedad en cuestión. La historia que hay detrás del descubrimiento de muchas de ellas tiene detrás una apasionante historia y ha supuesto un hito en la ciencia y la investigación. Desde el descubrimiento de la primera vacuna (frente a la viruela, en 1796), muchas enfermedades ya nos olvidado que han existido, o existen, gracias a ellas, lo que a veces puede dar a la población una sensación de que no son necesarias o no sirven para nada.
Que hay efectos secundarios, muy raros. No todos nosotros respondemos igual frente a un medicamento, tampoco frente a las vacunas, pero el riesgo de que esto ocurra está estimado por la OMS, de 1-2 casos por cada millón de dosis de vacuna, frente a un 14% de riesgo, por ejemplo, que tenemos de sufrir un accidente de tráfico en coche, o las probabilidades de sufrir algún tipo de cáncer debido a una mala alimentación, o malos hábitos (alcohol, tabaco), que en algunos tipos de cáncer es de 1 cada 10 casos.
Ante cualquier duda, los investigadores y organismos están abiertos a solventar dudas y miedos que puedan surgir, así como hay información en las páginas web que comento a continuación, y de donde he sacado gran parte de la información que he presentado.

(Ah, y pido disculpas por si mi vocabulario se considera poco formal pero este artículo está enfocado a la divulgación y comprensión por parte de las personas de ámbito no científico).

Páginas web.
Organización Mundial de la Salud: https://www.who.int/topics/vaccines/es/
Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades: https://www.cdc.gov/spanish/
Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría: https://vacunasaep.org/
Departamento de Salud y Servicios Humanos de los EE.UU https://www.vaccines.gov/es
Instituto Balmis de Vacunas: http://ibvacunas.com/vacunas/
Asociación Española de Vacunología: https://www.vacunas.org
Bibliografía adicional:
1. DeStefano F., Offit P.A., Fisher A. Vaccine safety. In: Plotkin S.A., Orenstein W.A., Offit P.A., Edwards K.M., editors. Vaccines. 7 th ed. Elsevier; Philadelphia: 2018. pp. 1584–1600.
2. Domínguez A, Astray J, Castilla J, Godoy P, Tuells J, Barrabeig I. Falsas creencias sobre las vacunas [False beliefs about vaccines]. Aten Primaria. 2019;51(1):40-46. doi:10.1016/j.aprim.2018.05.0042